Reportaje · 26 de mayo de 2026
La desigualdad no se jubila: impacto de las brechas de género en la jubilación en España
Salarios más bajos, carreras interrumpidas por los cuidados y pensiones menores. Las mujeres mayores de España afrontan una jubilación marcada por décadas de desigualdad acumulada.
Por Adianez Salles, Nicole Regalado, Alejandro Castillo
Reportaje · 14 min de lectura

Elisabeb Gaínza tiene 58 años y es médica general. Ejerció treinta años en Cuba y, en 2020, comenzó una nueva vida en Sevilla con su hijo, entonces adolescente, que acaba de cumplir dieciocho años. Desde entonces, en buen cubano, ha trabajado «como una mula». Sigue haciendo lo que mejor sabe: ayudar a otros.
En ocasiones, le pesa todo a la vez: dos trabajos, la casa, los gastos, un hijo al que sostener, la realidad mundial. «Es mucho para un solo corazón», dice.
A Eliza, como la llaman todos, le inquieta el futuro. «Para mí es complicado, porque soy migrante, ya tengo casi 60 y no sé lo que debo hacer para jubilarme. Sé que necesito al menos quince años cotizados aquí, y solo llevo cinco. Estoy loca por jubilarme y descansar».
La mayoría de las mujeres mayores de 55 años en España, sean migrantes o no, llegan a la jubilación con dos preguntas: cuándo podrán jubilarse y cuánto cobrarán. Eliza no tiene respuesta para ninguna. «Todavía tengo un hijo que criar y una casa que mantener», dice. Y aunque pudiera retirarse mañana, tampoco sabe cuánto recibiría. «Muchas veces me pregunto si tendré una jubilación digna cuando ya no ejerza, después de haberme pasado la vida ayudando a otros».
Eliza es una de las 112.000 mujeres con doble nacionalidad y mayores de 55 años con empleo, según la Encuesta de Población Activa del Instituto Nacional de Estadística (INE). Hace una década eran apenas 27.000. «Me siento dichosa, porque a pesar de todo, tengo trabajo y hago lo que me gusta. Sin embargo, sé de las diferencias».
En España, la brecha salarial por género en Sanidad alcanza el 21 %, según un análisis publicado por Univadis, una plataforma profesional del sector sanitario. Es el sector en el que tres de cada cuatro empleados son mujeres. La diferencia se explica por menos horas cotizadas, jornadas parciales asumidas por cuidados y un acceso más estrecho a los puestos directivos. Décadas después, esa brecha se traslada, ya con intereses, a la pensión.

Las mujeres concentran la mayor parte de los empleos parciales. Los datos de los Indicadores estadísticos de igualdad del INE muestran que en 2023 el 73,9 % de las personas ocupadas a tiempo parcial eran mujeres. Las principales razones para trabajar a tiempo parcial están asociadas a los cuidados: el 92,6 % de quienes declararon haber reducido su jornada por cuidado de hijos eran mujeres y el 79,2 % de quienes lo hicieron por cuidar a personas adultas dependientes.
Como explica la profesora de la Universidad de Coruña, Isabel Piñeiro Aguín, «cuidar puede ser una fuente de satisfacción, también emocional; pero el problema puede aparecer cuando el cuidado deja de ser una elección y se convierte en una obligación. Cuando una persona percibe que no puede poner límites, aumenta el riesgo de sobrecarga emocional».
¿Qué ocurre en el momento de jubilarse?
Entre quienes están en edad de jubilarse, solo el 19,4 % de las mujeres percibe una pensión contributiva, frente al 29,3 % de los hombres. Las que sí la cobran, además, dependen casi en exclusiva del Estado. Según los datos del Ministerio de Igualdad, nueve de cada diez mujeres no tienen ningún complemento privado o empresarial.

En el caso de España (28 %), aunque la brecha está casi cuatro puntos por encima de la media comunitaria, factores como la revalorización de las pensiones mínimas, los complementos para la reducción de la brecha de género y el peso de las pensiones de viudedad evitan un descalabro mayor. De hecho, impiden que la disparidad alcance los niveles de países como Alemania o los Países Bajos, donde esos mismos sistemas de pensiones privados u ocupacionales de los que carecen las españolas —muy vinculados a una carrera profesional ininterrumpida— terminan penalizando aún más a las mujeres.
No solo la diferencia se da entre España y el resto de países de la Unión Europea. Dentro del mismo país, hay brechas entre territorios a la hora de recibir la pensión. Aunque cada comunidad autónoma se rige por las reglas estatales, lo que cambia es la pensión media que se cobra, sobre todo por diferencias en salarios cotizados, estructura sectorial y trayectorias laborales. En febrero de 2026, la pensión media del sistema en España fue de 1.366,2 euros al mes.
Desde 2021, en el país se aplica un complemento a la pensión basado en el número de hijos dirigido a reducir la brecha. Aunque en sus inicios beneficiaba principalmente a mujeres, la ley tuvo que abrir la puerta a que los hombres también lo solicitaran si demostraban un perjuicio en su carrera —lo que explica que hoy representen el 21 % de los beneficiarios—. De sus más de 1,3 millones de beneficiarios, el 79 % son mujeres.
Al no alcanzar los años cotizados, muchas mujeres sobreviven dependiendo de una pensión de viudedad de apenas 933 euros al mes (marzo de 2025), muy por debajo de los 1.502 euros de la jubilación media. Para aliviar esta vulnerabilidad, el Estado otorga complementos por brecha de género; de los casi un millón concedidos ese mismo mes, el 88,7 % fueron para mujeres.
Piñeiro Aguín asegura que «hasta ahora, las mujeres mayores de las cohortes generacionales anteriores, sobre todo, pertenecen a generaciones que tuvieron carreras laborales interrumpidas, salarios más bajos o dedicación a la familia… frente a los hombres que no tenían esta situación. Todo ello se traduce en pensiones más bajas y mayor vulnerabilidad económica».
Además, la profesora añade que «esa vulnerabilidad económica afecta, evidentemente, a nivel global de la persona (psicológico, emocional, físico). Además, esa vulnerabilidad no es algo que aparezca cuando la mujer se hace mayor: lleva siendo así toda su vida; es decir, se produce una acumulación de desigualdades de género a lo largo de toda la vida».
A esta brecha se añade el reto de sobrevivir más tiempo con menos ingresos. Al cumplir los 65 años, las mujeres tienen por delante casi veinticuatro años de vida, frente a los veinte de los hombres, según datos del BBVA. Una persona que cumple 65 años en 2024 espera vivir de media 21,87 años más.

La soledad: los hogares unipersonales y las mujeres
Según la Encuesta Continua de Hogares del INE (2019), el 72,3 % de las personas mayores de 65 años que viven solas en España son mujeres. A medida que avanza la edad, la brecha se ensancha. Al superar los 85 años, más del 42 % de ellas residen en hogares unipersonales, frente a sólo un 23,6 % de los hombres. Esta realidad responde a una doble vertiente demográfica y social: la mayor esperanza de vida de las mujeres y una menor tendencia a rehacer su vida en pareja tras enviudar.
Además, las mujeres mayores sufren un mayor riesgo de soledad y falta de apoyos porque cuentan con menos recursos y menos acceso a las nuevas tecnologías, como explica a Solidaridad Intergeneracional, Carmen Quintanilla, presidenta de la Confederación de Federaciones y Asociaciones de Familias y Mujeres del Mundo Rural (Afammer).
La desigualdad acumulada en los cuidados no remunerados produce una dependencia económica, según explica el informe Mujeres mayores: el impacto del machismo y el edadismo en su vida de HelpAge International.
De acuerdo con la Dra. Isabel Piñeiro Aguín, «desde el ámbito de la investigación psicogerontológica sabemos que el bienestar, en este caso, no depende solo de vivir acompañada o sola, sino de sentirse o no acompañada emocionalmente. Muchas personas mayores (y no solo mayores) viven solas, pero no se sienten solas».
La vida durante la jubilación: roles y estereotipos de género
Elizabeb Gaínza tiene una profesión que durante muchos años fue dominada por hombres. Incluso en el discurso, dice, se nota que aún persisten muchas desigualdades y «se nos ve a las mujeres como las madres, las abuelas, las dueñas del hogar y hasta después, como la doctora o la enfermera. Ignoran tus estudios, tu experiencia, muchas veces de forma inconsciente».
Los estereotipos de género, sumados al edadismo (la discriminación por edad), construyen una imagen dual y caricaturesca de las mujeres mayores. «Por un lado, la abuelita cuidadora, asexual y subordinada; por otro, la bruja fea y gruñona», expone HelpAge Internacional en su informe. Una estigmatización que contrasta frontalmente con la figura del hombre mayor, a quien la sociedad sigue asociando con la autoridad, el prestigio o una sexualidad activa.
Carles Izquierdo, técnico de sistemas jubilado residente en Barcelona, lo ha presenciado a lo largo de toda su carrera: «Los varones han tenido un acceso mucho más fácil al mundo laboral».
En el sector tecnológico donde trabajó, la brecha es evidente. «Trabajos en educación, sanidad o justicia están copados por mujeres, mientras que los asociados a la industria son mayoritariamente masculinos. El mundo de las TIC sigue siendo de hombres; es un puro sesgo cultural», reflexiona.
Carles Izquierdo vive en Barcelona y lleva ya varios años jubilado. Durante su vida como técnico de sistemas, afirma, se dio cuenta de que «los varones han tenido más acceso al mundo laboral».
Ese fue el gran descubrimiento de Marisa Calvete. Durante más de 30 años de carrera, primero como arquitecta y luego como profesora de dibujo técnico, el tiempo para sí misma era un lujo inalcanzable. «Todo el periodo laboral fue trabajo y carga familiar. Aunque mi pareja colaboraba, el peso mayor lo solemos llevar nosotras. Eran horas dedicadas a lo laboral, a la familia, a las hijas, a sus estudios… y para mí quedaba muy poco», recuerda.
Al jubilarse, de pronto encontró más tiempo para ella. «Mis hijas están fuera, son independientes; y la carga familiar es mucho menor», dice. Y aunque Marisa asegura que jubilarse no fue fácil, porque «empezar a llenar ese nuevo tiempo es un poquito complicado», lo iba invirtiendo poco a poco en actividades diferentes. «Me gusta mucho viajar, leer, hacer ejercicio físico, aprender idiomas y eso he hecho desde que me jubilé».
Pero la historia de Marisa no es la norma. Ella misma reconoce que muchas de sus compañeras de generación no corren con la misma suerte: la jubilación no las libera, sino que les impone nuevas jornadas de cuidados, esta vez destinados a padres ancianos, parejas dependientes o nietos.
La investigación Jubilación y género: el continuum en las cargas familiares apunta que la jubilación devuelve a las mujeres al hogar a tiempo completo. En este estudio, todas las participantes compatibilizan el trabajo remunerado y doméstico cuando estaban activas y siguen asumiendo todas las cargas familiares una vez jubiladas.
Sin embargo, cada vez hay más mujeres como Marisa, que deciden dar un paso al frente y eligen lanzarse a vivir nuevas experiencias para cobrarse, por fin, el tiempo que durante décadas entregaron a los demás. Porque, aunque la sociedad sitúa a las mujeres jubiladas en el rol de abuelas cuidadoras, para perpetuar esa idea, también hay narrativas de reinvención.
Jubilación, reinvención y nuevas iniciativas
Una investigación de EntreMayores sostiene que la jubilación se percibe cada vez más como una «nueva edad de oro» en la que, tanto hombres como mujeres, exploran intereses postergados, viajan, estudian, aprenden idiomas o participan en actividades creativas y voluntariado.
Estas experiencias muestran que la jubilación puede, y debe ser, una etapa de libertad y crecimiento, pero también ponen de manifiesto la necesidad de políticas que garanticen ingresos dignos para que estas alternativas sean accesibles a todas las personas y no solo a quienes tienen más recursos.
No obstante, resulta esencial tener en cuenta, como plantea la profesora Piñeiro Aguín, «la adaptación a la jubilación no empieza el último día de trabajo, sino mucho antes. Lo mejor es prepararse emocional, social y vital, no solo económicamente». Además, las jubilaciones más satisfactorias no son las que simplemente dejan de trabajar, sino las que consiguen rediseñar un propósito de vida, agrega.
Durante años, la brecha que ha existido en los salarios y, consecuentemente, en las pensiones, ha implicado que las mujeres tengan hoy menos capacidad de ahorro y un mayor riesgo de pobreza. La falta de ahorros obliga a muchas mujeres a seguir trabajando informalmente, depender de familiares o asumir tareas de cuidado que no les son reconocidas.
Las políticas públicas no solo deben fomentar la corresponsabilidad en los cuidados y el empleo digno mucho antes del retiro, sino también iluminar y sostener aquellas iniciativas comunitarias que ya existen y que ofrecen un salvavidas vital para quienes buscan un nuevo comienzo.
Llegar a Campo de Marte, en A Coruña (Galicia), es sentir la melodía de las gaitas a todo dar; otras veces, la paz que transmite el Club de Lectura que se reúne cada jueves. La Asociación Veciñal Atochas, Monte Alto, es la principal agrupación de vecinos de este barrio de A Coruña. Fundada en 1977, organiza actividades socioculturales y gestiona la Biblioteca Veciñal.
Este sitio es el ejemplo perfecto de cómo hombres y mujeres, con diferencias de edad que llegan hasta los 40 años, se reúnen juntos a pasar tiempo de calidad, desarrollando actividades diversas que, durante años de vida laboral, no pudieron hacer.
Programas como este, son capaces, como dicen sus miembros, de entregarles nuevas oportunidades: de aprender, de conocer personas diferentes, de tener otra familia. En España, hay más de 8.000 asociaciones que, con diversas misiones, apoyan a las personas una vez se jubilan.
Desde muchos de esos espacios, como ocurre en la asociación de vecinos de Monte Alto, también hay momento para aprender, debatir y contribuir a la lucha por los derechos de los pensionados y contra la discriminación de las mujeres.
Recientemente, asociadas al 8M, y de la mano de los principales sindicatos de España —la Unión General de Trabajadoras y Trabajadores y las Comisiones Obreras— se desarrollaron manifestaciones para protestar contra las desigualdades de género que todavía son palpables en los puestos de trabajo.
No solo los sindicatos, sino también los expertos, están luchando para garantizar el aumento de las pensiones mínimas y la de viudedad y proponen vincular su revalorización a los salarios y no sólo al IPC.
Asimismo, como plantea la presidenta de la Fundación Pilares, Teresa Martínez Rodríguez, referente en el modelo de Atención Integral y Centrada en la Persona (AICP), «son necesarias cada vez más políticas contra la soledad, que ayuden a promover redes de apoyo, viviendas intergeneracionales y programas de acompañamiento».
Pese a que la brecha de género arrastra el peso de siglos de historia, el paradigma está cambiando. Como subraya Quintanilla, presidenta de Afammer: «Las mujeres mayores de 65 años no son las de hace dos décadas. Hoy han ganado tiempo a la vida. Quieren estar presentes, participan más y pueden liderar la igualdad de oportunidades». Por ello, insiste, es un deber ineludible garantizarles una vejez activa y de calidad.
Pero alcanzar esa ansiada libertad en el retiro exige intervenir mucho antes. Esa mejor vida tras la jubilación pasa, obligatoriamente, por erradicar las asimetrías durante la etapa laboral y saldar la deuda histórica con un esfuerzo y una dedicación femenina que el sistema, durante demasiado tiempo, prefirió invisibilizar.